imagen2 (1)

Desde hace un tiempo empecé a leer y escuchar una crítica marcada al cristianismo histórico que se ha centrado en la realidad religiosa del evangelio y no tanto en el actuar frente a las realidades sociales. A simple vista es una lectura que llama a entender el evangelio desde la visión del Jesús encarnado, aquel que se despoja, se entrega y llama a la restauración no solo del “alma”, sino de la persona en su totalidad.

El silencio de la iglesia frente a la humanidad ha acrecentado esta lectura, pero en muchos casos no es silencio, es una iglesia que se suma a los opresores (políticos y religiosos) y en ese camino ha olvidado la esencia del mensaje que predica. Es como si existiera una doble moral entre el llamado de Jesús de ir al mundo con  un mensaje de esperanza y el rumbo que la iglesia ha tomado de la indiferencia, o peor aún, la corrupción. Una iglesia perdida que no proclama vida, sino juicio y una especie de llamado a la santidad que no comprende la tragedia del dolor y deshumaniza al otro.

El tema es que en el sendero de la crítica y la búsqueda del despertar de la iglesia frente a las realidades sociales que la rodean, el mensaje se ha venido convirtiendo en una teología netamente humanista. El discurso se quedó en la falencia de la iglesia y no trascendió a la totalidad del Evangelio. Como el énfasis está en la «humanización» de la iglesia, el centro ya no es el Evangelio, sino las porciones del mensaje de Jesús que se distorsionan y se presentan como altruismo, la intervención social y el amor. De ahí que el mensaje esté lleno de confrontaciones frente a la indiferencia, pero muchas veces carente de la profundidad del Evangelio para cada realidad de la vida.

Nos encontramos con una teología que se centra en  el amor al prójimo desde la visión de la restauración de su condición y necesidad humana, pero lejos de una restauración de su condición y necesidad espiritual, mejor dicho, se volteó la torta y en el nuevo extremo no hay espacio para la confrontación del pecado. Si el discurso es solo amor e identidad con lo humano, es imposible que se anime a una transformación de la realidad del individuo. Por un lado en la lectura tradicional los pecados eran solo los de implicación moral, por el otro lado, en la lectura humanista/progresista, los pecados son sólo los de indiferencia o de religiosidad, pero ambos extremos relativizan el Evangelio.

Jesús no se encarnó  para crear una nueva religión, pero es verdad que muchas veces el cristianismo se ha convertido en eso, una religión vacía que exalta el culto por encima de la vida identificada con Jesús. La iglesia se volvió una institución corrupta que se olvidó de la entrega, la gracia, el amor y la restauración. Se volvió una entidad religiosa que acumula bienes y se aleja de los despreciados, de los necesitados. Obviamente esto no es Evangelio, no hay esperanza en la religión que acumula, juzga y se corrompe mientras se olvida del dolor del otro.

Pero Jesús tampoco se encarnó para crear una organización sin pasión por su gloria. Las teologías progresistas y sociales han levantado las banderas del Dios encarnado que vino a los despreciados, pero se les está olvidando que ese mismo Dios también llamó al arrepentimiento. No confrontó solo a clases políticas y religiosas, confrontó al humano. Su mensaje no fue moralista, pero sí tenía componentes morales sumamente altos. Sus palabras no estaban diseñadas exclusivamente para los dirigentes de Israel, estaban diseñadas para cada uno en su justa medida. Confrontó el pecado de todos y animó a todos a seguirle.

La lectura humanista/progresista reconoce las porciones de entrega y servicio de Jesús como si ese hubiera sido su único énfasis en la encarnación. Lo miran como el hombre que se despoja y va al necesitado, como aquel que sólo ve a los despreciados y los abraza. Esta es una visión filantrópica y muy llamativa desde lo social, pero no desde el Evangelio. El mensaje de la cruz va más allá, implica todo eso, pero no es solo eso.

El Evangelio busca la restauración de la persona, no solo de su necesidad física. El Evangelio señala a la manifestación gloriosa de Cristo y nos invita a caminar con el despreciado no solo para calmarle el hambre física, sino el hambre de justicia, de verdad y de vida. El Evangelio llevó a muchos a la muerte porque entendieron que, en definidas cuentas, el bienestar físico no era trascendente. Aquellos que murieron en medio del sufrimiento sabían que su pan y su abrigo eran Cristo y la esperanza de vida eterna. Abrazaron el dolor teniendo un gozo más profundo y entendieron que no solo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.

Ahora, una cosa no excluye la otra. Afirmar que el bienestar no es trascendente, por lo menos el bienestar físico como lo entendemos, no implica que olvidemos a los necesitados o que no extendamos la gracia a los despreciados. Ese ha sido el problema de la iglesia tradicional. Leyó el Evangelio solo desde lo espiritual y olvidó la profunda necesidad del otro. Leyó el Evangelio desde lo moral y marcó un camino lleno de legalismos que han destrozado lo humano. Pero la salida no está en llevar todo al otro extremo. La salida no es mostrarle a la gente a un Dios con un amor emocional. Un Dios al que no le interesa el arrepentimiento. La salida no es decir que se puede vivir de cualquier manera porque al final lo único relevante es lo humano o lo social.

No se trata de leer  el Evangelio de una u otra manera, se trata de mirar toda la revelación para proclamar un mensaje equilibrado, donde paradójicamente, lo humano se une con lo divino en la persona de Jesús. Por eso debemos caminar con los despreciados y a la vez buscar vivir para el Señor en todos los aspectos de la vida. Por eso somos llamados a proclamar restauración en esta vida mientras anhelamos la manifestación gloriosa de Cristo. Por eso podemos calmar el hambre de los hambrientos mientras clamamos por justicia, pero también podemos abrazarlos en su agonía y estar dispuestos a morir con ellos en la esperanza de que el sufrimiento no es en vano y que el dolor también forma parte de los propósitos de Dios, así es el Evangelio.

Andrés Giraldo