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Ver gente enojada porque en Transmilenio se están haciendo operativos para sancionar a los “colados” me produce la misma sensación que ver gente del poder legislativo y ejecutivo de nuestro país indignada por la corrupción. No faltaba más, ahora resulta que la corrupción nació con Reficar y llegó a la madurez con Odebrecht. Vivimos en un mundo corrupto y específicamente en un país corrupto que se ha robado el erario público toda la vida, pero lo más terrible es que solo se señale como corrupción aquello que se relaciona con dineros del estado.

Definir el término ha ayudado a esta perspectiva tan parcializada, la mayoría de diccionarios lo relacionan directamente con funcionarios y autoridades públicas que se corrompen, que sacan un pedazo del dinero para beneficio personal; sin embargo, la vaina es más profunda de lo que parece, la corrupción es mucho más que eso. Lo corrupto en sí mismo es lo que está mal, lo que no es correcto, lo que va contra el sentido común y que daña a los demás. La corrupción deteriora, consume y abusa del otro. La corrupción degenera y desestima el derecho de los demás bajo la perspectiva del “todo se vale”.

Todos hemos crecido con el adagio popular de que este mundo es para los vivos o el que acuñaron de manera jocosa Echeverri y compañía cuando nos dijeron que el vivo vive del bobo y el bobo de papá y mamá. Nos educaron para aprovecharnos de los demás, nos dijeron desde pequeños que el avispado y el malicioso siempre tenían las de ganar, por eso no debería sorprendernos que el sistema completo sea corrupto. Es una lástima que solo nos llenen de preocupación las cifras desbordantes de los negocios que gestionan los “padres de la patria” o los dineros calientes en las campañas políticas, pero que nos hagamos los de la vista gorda ante toda una realidad consecuente de actos de corrupción que nos rodean en la vida cotidiana.

Es corrupto violar indiscriminadamente las normas civiles y de tránsito, no recoger la caca que Firulais deja en la calle o subirse por la puerta trasera del bus. Es corrupto enseñarle a decir mentiras a los hijos y reírnos con los estudiantes que hacen trampa en sus exámenes mientras nos cuentan toda la creatividad que han desarrollado para hacer el “machete”. Es corrupto comprar cosas de contrabando y promover el abuso infantil dándole limosna a los niños que son enviados por los adultos que se aprovechan de ellos. Es un acto de corrupción dar un falso testimonio y hacer de la hipocresía el pan de cada día. Es corrupto esconderse del señor de la tienda cuando la cuenta del fiado ajusta dos meses y no contestarle a los de cartera de las entidades a las que se les debe.  El tipo que maneja su vehículo y no le interesa si pone en riesgo la vida de otros andando a grandes velocidades o el político que no cumple sus promesas aun cuando firmó sobre mármol en tiempos de campaña. El pastor que roba y se aprovecha de las ovejas. Los líderes religiosos que abusan de niños indefensos o mujeres incautas, que luego son encubiertos por procedimientos burocráticos infames.

Así es, la corrupción se ha tomado cada cosa pequeña y no decimos nada porque se nos volvió costumbre. Guardamos silencio con los vecinos abusivos que hacen escándalo toda la noche y con el del bus que acelera sin que la gente haya podido sentarse en su puesto. Muchos prefieren pasar corriendo por la autopista o esperan el semáforo exclusivo para discapacitados cuando no les corresponde, a estos últimos les da mucha pereza subir las escaleras del puente y prefieren esperar al lado de los que sí necesitan ese servicio. Corruptos los que cada mañana han estado a punto de atropellarme en las cebras del semáforo de la esquina cuando voy pasando con mi hijo para el colegio, a ellos les importa un comino pasarse el semáforo en rojo y mucho menos que uno vaya con un niño en los brazos.

Sé que hay cosas peores, pero no puedo dejar de pensar que los grandes desfalcos son producto de una cultura en donde la corrupción en escalas menores no produce la misma indignación. El sistema se ha vuelto corrupto y se aprovecha de la falta de escrúpulos de cada uno para alargar sus tentáculos y dañar todo lo que encuentra a su paso. Y cuando digo que el sistema es corrupto hago referencia a la manera en la que los seres humanos lo hemos corrompido para que otros entren en él con un silencio cómplice. El sistema es fruto de nuestra corrupción, corrupción que se arraiga en el corazón y nos lleva a mentir, defraudar, a proceder de maneras bajas y a justificar nuestras acciones.

Cuando veo gente criticando a la policía porque está deteniendo los colados de Transmilenio y no agarrando ladrones en las calles, me pregunto ¿colarse no es robar? ¿hacer trampa no es corrupción? El gran desafío está ahí, en mirar las cosas pequeñas y darnos cuenta que el problema no empieza cuando se roban millones y millones de dólares en los negocios chuecos de nuestra clase política, el problema empieza cuando pensamos que los actos de corrupción pequeños no son tan graves y que lo único que debemos señalar son los grandes desfalcos a la nación o las campañas políticas que recibieron dinero de constructoras brasileras o del narcotráfico. 

El problema es el concepto de que el mundo es para los avispados, esos que se cuelan en las filas, que tapan las vías con sus carros y no pagan parqueadero, que se roban la luz del poste de la esquina, que no le pagan las horas extras a sus trabajadores, que cobran veinte mil pesos afuera de la Registraduría para conseguir una cita que se supone es gratis. Sí, esos que son corruptos en niveles inferiores y que no ven sus acciones como un aporte al deterioro de nuestra sociedad. Es algo parecido a lo absurdo de que muchos cristianos de nuestro contexto celebren que sus candidatos hagan alarde de las cosas buenas que promueven mientras otras políticas suyas destruyan y maten de forma directa o indirecta. Corrupción es corrupción, sea por el robo de un dulce o de los millones de dólares que financian campañas políticas. Corrupción es corrupción y cada acto corrupto debería indignarnos , sobre todo si se hace después de haber jurado con la mano sobre la Biblia.

Andrés Giraldo