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HABITACIÓN 633, DE LA ANTESALA DEL INFIERNO, A LA CASA DE DIOS.

Ha pasado más de un mes desde que ingresé a esta clínica, donde me dictaminaron la invasión de una bacteria tras la cirugía de meniscos en mi rodilla derecha. Tan fácil la palabrita bacteria, pero qué hediondez de compañía. Por ella conocí lo que es el dolor, supe lo que es ser visitado por una terrible infección que decidió residenciarse y amargar mi vida.  Pasó de ser una desconocida intrusa a convertirse en habitante permanente y así transformar este pequeño cuarto del hospital en la antesala del infierno. 

Mi corazón desfallecía, de mí solo salía un lamento permanente; y entonces pensé para mí, como el viejo Job: «Está mi alma hastiada de mi vida; daré libre curso a mi queja, hablaré con amargura de mi alma» (10:1).  La verdad no podía hacer algo diferente, el dolor me abatía sin clemencia. Como el apóstol, me sentía «atribulado en todo», pero a diferencia de él, en estado de postración lamentable. 

Entonces mi corazón tambaleando volvió los ojos a Jesús, y Él se acercó a mi lecho y me recogió como a la oveja sin esperanza. Y es que detrás de esto había muchas voces clamando por su pastor y entonces probé en carne propia el valor de la iglesia, la misma que Jesús estableció como vigía de sus miembros. Mientras yo caía ella permaneció de pie esperando en su Señor. 

Entendí cómo el Buen Pastor no pensaba como yo, él había tomado la determinación de buscarme en la desolación, en la derrota, en el infierno y «ponerme sobre sus hombros gozoso para llevarme a casa» y mostrarme Su amor, convirtiendo este pequeño cuarto, el 633 de la Clínica Somer, en la Casa de Dios, donde he «morado por largos días». Fue aquí en donde sentí el cuidado y la ternura de Aquel que piensa en que la patiquebrada necesita ser buscada porque no da más. Fue aquí, en donde experimenté que Su dulce y poderosa presencia invita a la adoración que echa fuera todo temor. 

Lo poco o mucho que permanezca aquí lo aprovecharé para disfrutar de Su generosa compañía cuando las visitas se vayan y la luz se apague para «disfrutar» de otra noche en este cuarto que pasó de ser la antesala del infierno a la Casa de Dios, donde Él «adereza mesa para mí en presencia de mis angustiadores»

Clínica Somer

Rionegro

lunes 25 de septiembre de 2017

Alvaro Fernández Sánchez