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La discusión en torno a las decisiones en el Congreso la semana pasada, generaron toda una serie de reacciones que reconocen un impacto en lo social, lo psicológico y hasta en la interpretación de la Biblia en torno al por qué sí o por qué no aplicar correctivos físicos a los menores. Un tema que se vuelve polémico en medio de una sociedad que sigue debatiendo acciones que con el paso del tiempo se empiezan a leer de otra manera. Sí, muchas de las cosas que se han aprendido y repetido pueden llegar a ser leídas de otra forma por nuevas generaciones, eso nos desafía cada vez más.

Si bien no podemos aplicar de manera literal cada letra de la Escritura, sí necesitamos reconocer los principios que sostienen la verdad de la Palabra de Dios para leerlos a través del tiempo y aplicar el principio a la vida en cualquier época. No se trata de hacer transferencias con nuevas maneras de leer la verdad, sino entender el principio que puede transferirse a través del tiempo. Por ejemplo, los famosos textos de proverbios en los que se hace referencia específica a la corrección física (Proverbios 13:24, 23:13-14, 29:15) no pueden leerse sin reconocer el contexto legal del Antiguo Testamento y el elemento circunstancial del proverbio. Ambas realidades ayudan a leerlos de manera adecuada. 

Los proverbios no son enseñanzas para definir principios teológicos, son extractos de la sabiduría que invitan a una acción de acuerdo a la realidad de la vida. Refranes o dichos populares que no encierran una verdad absoluta. Consejos en medio de situaciones que pueden presentarse o no, y exhortaciones para que los más jóvenes atiendan a la voz de sus padres. Así que los proverbios no nos llaman a definir teología, nos llaman a observar la realidad de la vida y responder consecuentemente de acuerdo a la sabiduría adquirida. Sí, el marco legal influye en el contexto de la escritura del texto, pero el proverbio no se limita a eso, aplica consejos prácticos para la vida.

Lo que queda claro al leer los textos de proverbios es que la corrección debe formar parte de la agenda de los padres, ese es el principio y hasta ahí casi todos estamos de acuerdo, salvo algunas líneas más progresistas que piensan que no. El punto de discusión frente al tema es la corrección física, donde la cosa se divide en grupos más grandes. Por un lado están los más conservadores que defienden el uso de la «vara» como una alusión a la corrección física por la rebeldía de los hijos, y por otro lado,  hay quienes piensan que cualquier uso que implique corrección física significa violencia y por lo tanto lo descartan. Frente al dilema cada cual aplica la Escritura y eso genera más confusión, aparte de que en la defensa de su postura, cada grupo, señala al del punto de vista contrario, poniendo en tela de juicio nada más ni nada menos que el amor por sus hijos.

Nuestro punto de vista como padres (no estoy diciendo que sea la verdad absoluta), es que necesitamos poner límites claros a nuestros hijos y que cuando esos límites son sobrepasados de manera rebelde y obstinada, habrá correctivos de acuerdo al nivel de la falta. No creemos que una nalgada sea precisamente un acto de violencia. Creemos que en ocasiones nuestros hijos desafían nuestro amor y autoridad, por eso hay momentos donde los límites implicarán correctivos que pueden ser dolorosos para ellos. No es una apología al maltrato físico. Tampoco es una defensa al descargo de la frustración con el más débil. Es el reconocimiento de que muchas veces el pecado de nuestros hijos los lleva a actuar de manera grosera y nosotros como padres tenemos la responsabilidad de poner límites a su rebeldía con elementos pedagógicos y correctivos de acuerdo al nivel de la falta. 

Creemos que el Señor nos permite ver que la disciplina correctiva hace parte del proceso formativo para sus hijos. La Escritura nos lleva a observar que el amor de Dios por su pueblo en muchas ocasiones se reflejó en procesos disciplinarios y correctivos que implicaron dolor. No solo en los relatos del Antiguo Testamento se puede observar esa dinámica (Génesis 3; Éxodo 32; Números; Josué 7; Jueces; el exilio), en el Nuevo Testamento, con la revelación plena en Jesús, el pueblo de Dios experimentó en muchos momentos el dolor de la disciplina correctiva (Hechos 5:1-11; 1 Corintios 5:1-5, 11:29-30; 1 Tim. 1:18-20; 2 Tim. 4:14-15; Hebreos 12:3-13). Esto nos permite reconocer que el principio de disciplina y corrección, que puede implicar dolor, se mantiene vigente con la revelación en Cristo, así que es falso que con la venida del Señor se haya eliminado la disciplina correctiva. Dios ha mostrado su amor a través de la corrección de su pueblo y esto muchas veces ha implicado dolor por la mano dura del Señor en ese proceso. 

 «Esto me va a doler más a mí que a ti». No entendí esta frase hasta que la viví como papá. Amo a mis hijos y he tenido que corregirlos, verbal y físicamente. Dudo mucho que sea el camino más fácil, ha requerido de paciencia, diálogo, reiteraciones, oración, dominio propio, contar hasta cien y más, mucho más. Pero muchas veces los niños no entienden los límites. Desafían el amor y nuestra paternidad. Desconocen todos los medios de gracia y quieren hacer su voluntad. Son pecadores, como nosotros y en el proceso formativo requieren disciplina conforme a su rebeldía. La corrección duele y mucho más en el corazón de padres amorosos que buscan cuidar, educar y guiar el camino de sus hijos. Duele porque el llanto de nuestros hijos golpea el alma. Duele porque verlos tristes nos destroza por dentro. Pero sobre todo, duele porque asumir que necesitamos ser disciplinados no es fácil (Hebreos 12:7-11). 

Dios nos ama y él en su sabiduría decidió que en muchos momentos su disciplina implicaría dolor. No es sencillo entender esto, pero esa es la manera en la que Dios nos corrige. Sin embargo, su amor no solo nos corrige con dolor, también nos abraza. Es un Padre amoroso que se duele del dolor de sus hijos: «He aquí, bienaventurado es el hombre a quien Dios disciplina. No menosprecies la corrección del Todopoderoso. Porque él hiere, pero también venda, él golpea, pero sus manos sanan» (Job 5:17-18).

Andrés Giraldo